Tu vida sexual

Erica Jong rompe con el tabú sobre la sexualidad y la vejez

14 de julio de 2016

  Hace veinte años Erica Jong se sintió brevemente desgraciada por su rostro. “No lo podía soportar”, dice arreglándose por enésima vez su foulard turquesa. “Pero una amiga en Mallorca había visto un cirujano que hacía liftings que no parecían liftings, en San Francisco. Así que fui a verlo y el resultado me gustó”. Nunca […]

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Hace veinte años Erica Jong se sintió brevemente desgraciada por su rostro. “No lo podía soportar”, dice arreglándose por enésima vez su foulard turquesa. “Pero una amiga en Mallorca había visto un cirujano que hacía liftings que no parecían liftings, en San Francisco. Así que fui a verlo y el resultado me gustó”. Nunca mintió sobre eso, por el contrario, muchas veces escribió sobre su experiencia e inspiró una buena parte de su nuevo libro, Fear of Dying [Miedo de morir]. Tampoco volvió por más. “No; me siento linda, nadie me daría cuarenta, ¡pero qué importa!”
A los 73, no se ha “tranquilizado”. Hace más de una década que los programas de tevé no la invitan a comentar su novela: “el problema es HD, no quieren mostrar mujeres que parecen abuelas”, dice, y por eso está furiosa.
“No me sorprende. Siempre dije que sólo hemos tenido un tercio de revolución [feminista]. Pero la edad es el último tabú y es un craso error, porque por alguna extraña razón la vida recién comienza. Me siento segura, hago bien mi trabajo. Tengo más imaginación que nunca. Soy independiente, no le temo a nadie. Pero los medios nos tiranizan. Es una orgía consumista. No es verdad que los hombres solo quieren a las escuálidas modelos de Vogue. Incluso los maridos que no cambian a sus leales esposas por una joven modelo se ven hasta un cierto punto atrapados en esta orgía consumista.
Miedo de morir, con su doble problemática, el envejecimiento y la mortalidad, satiriza el hecho de que la vida sexual en edad madura es presa fácil de las grandes corporaciones. “Es vil”, grita Jong iracunda. “¡Esas publicidades! Una bañera junto a la otra. ¿Qué hacen?” (Se refiere a una publicidad de Cialis, la droga que trata la disfunción eréctil. En una bañera un hombre y en la otra una mujer, probablemente la esposa). “No se los puede mostrar haciendo el amor. Eso es Estados Unidos, por un lado un capitalismo rapaz y por otro el puritanismo. Histeria pura que termina con la inevitable advertencia de las contraindicaciones: ‘Con esta droga podría caer al precipicio y matarse… pero no se preocupe, ¡ahora puede tener sexo!’”
La heroína sesentona de su nueva novela está a la caza de sexo ocasional mientras su esposo mucho mayor se recupera de una cirugía de corazón. Pero que no se malentienda: Jong piensa que estamos demasiado fijados en el “eterno pone y saca”. “¡Los hombres están obsesionados con su maldito pene! Sean gays o no, piensan que si no les funciona no sirven. Pero hay millones de maneras de hacer el amor. Puede ser impotente y tener relaciones sexuales maravillosas”.
Jong vive en una torre alta en el Upper East Side de Manhattan, un espacio tal como lo imaginé: podría ser escenario de una película biográfica. Al final de un hall lujosamente alfombrado me recibe una asistente radiante. Cuartos graciosos, vistas panorámicas, arte caro (sobre el sofá que nos sentamos cuelga un móvil de Calder), miles de libros, paredes del cuarto de vestir con motivos eróticos. Su única compañía son dos poodles, Simone (por Beauvoir) y Colette (por El final de Querido, uno de sus libros favoritos).
Cuando en los 60 se hizo famosa, sus ojitos saltones y su nariz le daban un perfil antisexy. Pero son rasgos que combinan bien con su personalidad que, ¿cómo decirlo? tiene un toque de ganadora. Nada de falsa modestia ni la autocompasión de sus colegas británicas. Pese a todo me gusta. Usa el piloto automático, al principio ignora mis preguntas y saca a relucir viejas anécdotas que ya leí mil veces. Una hora después surge la verdadera Jong: divertida, brillante, moderadamente sabia y sumamente concreta, habla tan alegremente del viagra como del Papa.
Miedo de morir suponía una Isadora Wing mayor, la heroína de Miedo de volar que la hizo célebre en 1973, ¡y cómo! “Pero el problema es que no tenía expresión, si no hay expresión no hay libro”. Wing quedó en segundo plano y la nueva heroína, Vanessa Wonderman, es una actriz madura cuyo marido obscenamente rico, Asher, es encantador pero impotente, y tiene 20 años más que ella.
Jong siempre rondó su propia vida en las novelas y esta no es la excepción. Mientras la escribía, su esposo se operaba del corazón, como Asher. La carrera de Vanessa se inspira en su experiencia en Broadway, donde hace años actuó en Los monólogos de la vagina. Varios años atrás, el editor de Miedo de volar le comentó que no se había escrito un best-séller de una mujer de más de 40, así que quiso remediarlo. “Siempre escribí sobre mujeres y para mujeres jóvenes”, dice. “Este es sobre una mujer madura que siente que aún es bella y que aún quiere amor y sexo”. Vanessa se dedica a su hija Glinda, que como Molly, su hija, es una ex drogadicta. Cuando Glinda y Vanessa viajan juntas al centro de rehabilitación parece copia fiel de la vida real. “Si, pero nunca lo habría escrito si ella no lo hubiese hecho primero”, dice. (Molly es escritora).
Pasamos al comedor y mientras comemos hablamos del feminismo pasado y presente. Miedo de volar era, a su manera, un producto de la segunda ola de feminismo, como The Female Eunuch de Germaine Greer, publicado tres años antes. Pero la autora siempre atrajo la ira de las feministas y por cierto nunca fue parte del mundo de los grupos concientizadores ni de las marchas en Washington. “[Las feministas de los 70] querían que me pusiera los pantalones y escribiera propaganda agitadora y lamiera vaginas y dijera que eran mejor que el pene, lo que es absurdo. No ser lesbiana era políticamente incorrecto. Tuve una relación con una mujer, pasajera, y fue muy tonto. Ninguna de nosotras lo disfrutó. Si miro hacia atrás me parece ridículo”.
Le molestaba que la gente la acusara de hacer apología de la procreación, cuando leía bellos poemas sobre amamantar, ahora poco le importa… “he sido feminista toda mi vida. Me paseaba con El segundo sexo [de Simone de Beauvoir] en la secundaria”.
Piensa que las mujeres sufrieron una “pérdida neta” en los 70. “Nos ganamos el derecho a estar eternamente agotadas. En EE.UU. estamos aún en el pasado: no hay guarderías ni permiso por maternidad y se ataca la Planificación Familiar, es increíble”. En lo positivo, hay un “enorme resurgimiento” de feminismo entre las más jóvenes, Hillary Clinton está empezando a dar pasos, y Lena Dunham, creadora de la serie Girls, crece y crece. “Creo que es buena. Lo que más aprecio es la honestidad y ella muestra de manera muy honesta qué pasa con las veinteañeras en búsqueda de una carrera y de una vida sexual”.
A veces es difícil seguirla, pero es imposible no sentirse cálidamente turbada en su presencia: su autocomplacencia, “los escritores nunca están contentos, pero yo sí… soy muy afortunada”, induce no a la envidia pero sí a una rara admiración. Ama su vida, y antes de volar a ver a sus nietos consiente en firmarme una edición de aniversario de Miedo de volar. Con una grafía extravagante, osada se lee: “Valientemente, Erica”.

 

Publicado en la edición impresa del diario Clarín 02 de Enero del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo