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Psicología de la corrupción

13 de julio de 2016

Aunque se muestre como un ganador, el corrupto es un ser aislado de su entorno, encerrado en la oscuridad de un secreto que no puede compartir y que lo obliga a romper lazos con la comunidad hasta convertirse en un predador indiferente al bien común En estos días, la palabra «corrupción» volvió a tener su […]

Aunque se muestre como un ganador, el corrupto es un ser aislado de su entorno, encerrado en la oscuridad de un secreto que no puede compartir y que lo obliga a romper lazos con la comunidad hasta convertirse en un predador indiferente al bien común

En estos días, la palabra «corrupción» volvió a tener su vibración original, aquella que tenía cuando la saturación y la impotencia aún no habían opacado nuestra capacidad de conmoción ante su significado.

Esta suerte de despertar sensible se debió a que surgieron escenas que tocaron fibras muy esenciales, casi elementales, con las cuales las sociedades identifican el territorio oscuro de lo corrupto. Todo salió, por un rato al menos, del mundo de las sombras y las sospechas que pueblan los juzgados para transformarse en la escena surrealista de alguien arrojando bolsos con millones de dólares por sobre las paredes de un monasterio.

Este caso, que se suma a otras imágenes de dinero sospechado, aparece como símbolo de una manera de ver la vida, una suerte de religión oscura en cuyas catacumbas los dioses llaman a llenar las arcas de dinero y de poder, cueste lo que cueste.

La mítica imagen del hombre codicioso, avaro, que esconde y entierra un botín que consiguió a fuerza de corromperse y corromper tiene tanta fuerza simbólica (además de legal, política y sociológica) que hasta despierta curiosidad saber qué ocurre en la mente y el corazón de quienes actúan de esa forma. ¿Cómo se llega a algo así?

Cuando hablamos de corruptos hablamos de gente exiliada, ajena a su comunidad. Forman parte de ella de manera parasitaria, porque no generan riqueza, sino que usufructúan aquella que otros producen, a la vez que no se enlazan con lo que llamamos el «bien común», porque no creen en el bien y tampoco creen en lo común.

Cuando una zona del cuerpo pierde su irrigación sanguínea, el riesgo de la gangrena es real y rotundo. La zona aislada del flujo de la sangre literalmente se pudre. se corrompe. La comparación es obvia.

Los corruptos, en clave individual o mediante una asociación ilícita, no se involucran emocionalmente con su medio ambiente: simplemente lo usan como un objeto al que se le extrae riqueza o servidumbre, cortando los nexos (la conexión sanguínea) con la común/unidad, al punto de anular toda otra referencia que no sea su compulsión de depredar el espacio en el que viven.

La psicología del corrupto es la del hombre o mujer desangelado, sin fe en los vínculos que no sean aquellos de interés depredatorio y de dominio. No descansan en el amor, sino en el espanto, y por eso, sobre todo en ciertos niveles de «éxito», como por ejemplo en la cúspide del ámbito político o económico, los corruptos son feroces con aquello que pueda vulnerar la muralla necesaria para mantener oculta la realización de sus actividades.

En ese sentido, el eje de la actividad del corrupto está centrado en un quebranto. Perdida o rota la fe en el sentido de «común-unidad» (con los otros, con el mundo, etc.), lo que queda es la rapiña para compensar la desdicha de aquel exilio. La autoestima se desploma, pero se encubre ese hecho a fuerza de acumular dinero, poderío o delirios de grandeza vividos desde la codicia narcisista.

Es verdad que existen valores sociales que circulan fuertemente y que favorecen la claudicación esencial del corrupto. Pero cuando la idea de lo que es la buena vida se cifra en «salvarse» en vez de construir con otros un destino fecundo, el conglomerado social se llena de seres que están acechantes de una oportunidad para subirse al «bondi» que va al paraíso de los millones, los objetos caros y relucientes, los viajes majestuosos.

En tal sentido, la nuestra es una sociedad que fabrica egoístas y hasta se jacta de eso en las tandas publicitarias. Es el «sueño del pibe» que quiere salir él solo del mundo pobre, para dirigirse a otro mundo: el de la biblia del consumo, con las marcas, los lujos y, sobre todo, con un poder de dominación que le permitirá limpiar la afrenta de su pasado. Podrá así, cree, sentir una pertenencia nueva: una nueva tribu de la que formar parte y con la cual podrá olvidar el exilio esencial que lo acompaña.

Los corruptos, llegada cierta altura de acumulación, no ven como logro tener más, sino acercarse más a los dioses. «Es el problema de la muerte, estúpido», podría decirse sin temor al error. La finitud, los sinsabores propios de la existencia, los límites, son siempre vistos como una ofensa cuya reparación legitima cualquier tropelía.

Es verdad que no todo corrupto es millonario. El funcionario de baja categoría que permite la continuidad de un trámite a cambio de unos pesos; el electricista que se aprovecha y cobra de más a una jubilada; el abogado que estafa al cliente ignorante de las leyes; el empleador que no paga lo que corresponde a sus empleados: todos son seres sin otra fe que esa pequeña ventaja, esa que, creen, los aleja del infierno tan temido del «no ser» por «no tener».

Las sociedades que pierden de vista su horizonte común tienden a debilitarse por falta de oxígeno. Es que el «fluir sanguíneo» que evita la gangrena también proviene de ese horizonte, de esa utopía vislumbrada que hace que la ley tenga sentido, al entendérsela como un instrumento para alcanzar la meta y no como mero elemento disuasorio utilizado para amputar sueños y deseos.

«Ésta es la vida que llevamos, la que elegimos. Y sólo hay una cosa segura. Ninguno de nosotros verá el cielo», decía John Rooney, el mafioso encarnado por Paul Newman en Camino de perdición.

Muerto el porvenir, solamente queda rapiñar el presente, sacarle todo lo que se pueda con desesperación. Así viven los corruptos, incluso aquellos que salen impunes y terminan la película sobre una reposera en una playa paradisíaca, con un gin tonic en una mano y un habano en la otra.

Aun los más perversos y psicópatas saben, en su fuero interno, que se están perdiendo de algo que nunca alcanzarán: un poco de paz y unos buenos amigos. Este comentario, seguro, despertará las sonrisa cínica de aquellos que, aun no siendo corruptos, ven el paraíso allá, en esa misma playa. Pero los que tienen buena irrigación emocional (lo que es, sin dudas, un estímulo para la inteligencia) sabrán que nada es mejor que contar con buenos afectos y un poco de serenidad de espíritu para que el buen vivir sea genuino y no haya que gastar tanta energía en tratar de ser quien no se es.

Lo dicho es algo sencillo, pero vale tenerlo en cuenta. Lo han olvidado aquellos que se dedican a llenar bolsos con dinero, enterrando sus mejores sueños junto con aquello inconfesable que deberán ocuparse de ocultar para siempre. Así, trabajarán cada día de su vida en profundizar ese pozo dentro del cual ellos mismos terminarán atrapados.

Por Miguel Espeche, psicólogo, especialista en vínculos

 

 

 

Publicado en la edición impresa del diario La Nación 13 de Julio del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo