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Muki: el gato que ya usó sus 7 vidas

20 de julio de 2016

  Muy conocido es el dicho de que los gatos tienen siete vidas. Como metáfora, bien podría ser literal. El caso de Muki, por tanto, perfectamente cabria dentro de esta categoría. Y es que el pobre gato sobrevivió a tantas injusticias, abandonos y situaciones realmente díscolas, que sus siete vidas le quedaron cortas Por empezar, […]

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Muy conocido es el dicho de que los gatos tienen siete vidas. Como metáfora, bien podría ser literal. El caso de Muki, por tanto, perfectamente cabria dentro de esta categoría. Y es que el pobre gato sobrevivió a tantas injusticias, abandonos y situaciones realmente díscolas, que sus siete vidas le quedaron cortas

Por empezar, su llegada a este mundo fue inesperada. Michu, su mamá, parió a tres gatitos en una noche lluviosa de invierno. La dueña de Michu ayudó a la ya añeja gata en el parto, por miedo a que no soportara el trance. A la mañana siguiente, grande fue su sorpresa al descubrir que dos de los recién nacidos habían fallecido y en su lugar había un nuevo integrante. Había nacido solito y era visiblemente más pequeño que sus hermanos, aunque se había puesto inmediatamente al día, mamando con fruición de su madre, ahora que debía compartirla con solamente un integrante más, en lugar de tres.

Abandono y arrepentimiento

La infancia de Muki fue medianamente normal, aunque a los cinco meses la dueña de Michu y sus hijos, que no querían saber nada de gatos, optaron por tirar a Michu y sus dos vástagos en un descampado. El trágico destino quiso que unos perros vagabundos mataran a Michu y a su otro hijo. Muki sobrevivió contra todo pronóstico, cuando lo rescató la hija de su antigua ama, quizás carcomida por la culpa de haber abandonado a los tres animalitos que tanto había cuidado su madre.

Con Muki ahora como único integrante de la familia, las cosas parecían haber retomado el rumbo de otros tiempos. Pero, una vez más, el designio del gato no era el de un jardín de rosas, calmo y apacible, precisamente. En un paseo en auto con Inés, su dueña, unos ladrones los interceptaron y se llevaron el auto….con Muki dentro. Cuatro días pasaron hasta que finalmente el auto apareció, a mas de 10 kilómetros del robo; pero de señales de Muki, nada. Ya Inés iba perdiendo las esperanzas de encontrar a su entrañable mascota, cuando, casi dos meses más tarde, lo oyó maullar. Le costó reconocer a ese gato, su gato. Estaba flaco, sucio y algo maltrecho, probablemente por haber pasado por más de una pelea callejera. Castrado y todo, Muki sabía lo que era andar por la calle y sobrevivir. Sea como fuere, estaba de vuelta.

Entra el bebé, sale Muki

Cinco meses más tarde, Inés queda embarazada y su marido decidió que el gato era un peligro, por el riesgo de que le contagie toxoplasmosis. Inútiles fueron los esfuerzos de Inés en convencerlo, intentando asegurarle que no existía tal riesgo. Muki fue dado en adopción en un refugio, donde lo recibieron con cariño. Amor que debía compartir con 140 animales más, entre ellos muchos perros, con los que no se llevaba bien en absoluto.

El tiempo se hacía largo y la espera se tornaba insoportable. Cuando una mujer finalmente se fijó en él tras casi un año de abandono, Muki secretamente abrigó esperanzas de volver a tener una vida normal. El tema fue que no pasó a ser hijo único nuevamente, sino que en la casa convivían…..casi 25 gatos más. Allí, la comida era un premio a conseguir, ni hablar del cariño y de la atención. Pura y mera supervivencia. La dueña de casa no era mala persona, tenía cariño por los animales, pero su salud mental le impedía ocuparse como debía. Los vecinos radicaron una denuncia por malos olores y maltrato animal, y finalmente la policía logró ingresar en la casa y liberar a los hambrientos felinos.

Muki debió pasar entonces por varios hogares provisorios hasta que recaló, nueve meses más tarde, en otro refugio; y con él la rueda que nuevamente comenzaba a rodar. El tiempo, el hambre y la desazón habían curtido el carácter del gato. Ya no era tan dócil y cariñoso, sino más bien arisco y desconfiado. Pero así y todo, cuando volvió a ver a Inés, tras casi dos años de separación, se deshizo en ronroneos y demostraciones de todo tipo. La joven había logrado que ahora que su hijo había cumplido un año, su marido aceptara tenerlo nuevamente en casa. La tarea no fue sencilla, hubo que rastrear su paradero por varios hogares y refugios. Pero finalmente habían dado con él. Habían estado bien en insistir y esperar.

Hoy Muki descansa tranquilo, sabiendo que, de sus siete vidas, no le queda saldo. Mejor reposar y no tentar al destino.

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Hoy Muki descansa, con su familia de toda la vida a su lado.

 

 

Publicado en la edición impresa del diario La Nación 20 de Julio del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo