Tu salud

La larga vida de Celina: tiene 118 años y creen que es la más vieja del mundo

14 de julio de 2016

Los gallos han acompañado a Celina. Los tuvo en su granja tucumana de Famaillá, y ahora en su casita del barrio Samoré, en Merlo. Pero ese canto agudo llega cada vez más débil a sus oídos. Lo mismo ocurre con los colores, los rostros de sus hijos, los olores. De a poco, todo se desvanece […]

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Los gallos han acompañado a Celina. Los tuvo en su granja tucumana de Famaillá, y ahora en su casita del barrio Samoré, en Merlo. Pero ese canto agudo llega cada vez más débil a sus oídos. Lo mismo ocurre con los colores, los rostros de sus hijos, los olores. De a poco, todo se desvanece mientras ella se achica. Sus manos se retuercen, sus pies se contraen, aunque todavía mantiene cabellos negros, que se mezclan con los grises. Ya no camina, casi no abre la boca hundida, que aprieta mucho cuando le viene el hambre. Pero dicen que su corazón es el de una muchacha. Lo dijo un doctor y su hija Irma lo repite emocionada, con los ojos todos mojados y una sonrisa de gracias. Celina es un secreto perdido en el conurbano profundo: su documento dice que el 15 de febrero va a cumplir 119 años, lo que le daría el título de persona más vieja del mundo. Y así lo dicen los registros que hay en el país.

La casa de Celina Del Carmen Olea no tiene número, porque está en el medio de una manzana marcada por pasillos de alambres y montañas de basura. Allí vive con Alberto, su hijo menor. Alberto es analfabeto como su mamá, que tuvo otros once hijos. A algunos, los que pudo, Celina los mandó a la escuela. Se despertaba con los gallos, hacía el pochoclo, se los metía a los nenes en los bolsillos de los guardapolvos y les daba un empujón para que desandaran solos el camino hacia las aulas. Ella se quedaba trabajando en el campo, el mismo en el que nació, en febrero de 1897.

Todos sus hijos nacieron ahí mismo también. Fueron saliendo de su cuerpo con la única ayuda de su marido, José Inocencio Segovia. Alberto dice que él sí nació en un hospital, que fue el único. Le da cierta vergüenza mostrarlo, pero en su brazo izquierdo tiene un tatuaje que dice “MAMA”, y tiene una corona sobre las letras. Es su reina, imposible de destronar. Alberto es soltero y quien cuida a su madre. “Conmigo habla, claro que sí. Habla de sus hermanos, mi papá, otros hijos. Todos muertos”.

Se le murieron siete de los doce hijos. Dos de meningitis cuando eran muy chiquitos. El hospital estaba muy lejos en Famaillá. A otros logró salvarlos llevándolos ella misma a caballo todos esos kilómetros. Celina también crió más hijos de los que tuvo su cuerpo. Como Gladys, que tenía cuatro días cuando su mamá se la dejó a Celina, que entonces ya tenía 70 años.

Gladys la adora. Vive a la vuelta y se la quiso llevar varias veces a su casa, pero Celina no quiere moverse de su lugar, ya no. “Lo mejor de esta mujer es como nos crió, el amor que nos dio. Las sopas que hacía. Las mazamorras también”.

Fue a fines de los 60 que se vinieron a probar suerte a Buenos Aires. José murió enseguida.
No hay manera de sacar la cuenta de los nietos, bisnietos, tataranietos y choznos que hoy tiene Celina. La última fiesta fue cuando cumplió los 115 y ya eran montones. Muchos la visitan, otros no tanto.
Celina vive casi en la pobreza. Cobra una pensión de 2.700 pesos. Dicen que se la dio Raúl Alfonsín, el último presidente que votó.

Hasta un par de años atrás caminaba y se hacía su sopa. Ahora pasa de la cama a la silla de ruedas. Celina no toma medicamentos, no los necesita. Sólo deben ponerle una crema por sus quistes en la piel. Nunca fumó, pero tampoco comió demasiado bien ni tuvo obra social. Sus armas fueron el trabajo constante, el ir caminando a todos lados y el amor, siempre el amor.

 

 

 

Publicado en la edición impresa del diario Clarín 13 de enero del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo
Tu vida sexual

Erica Jong rompe con el tabú sobre la sexualidad y la vejez

  Hace veinte años Erica Jong se sintió brevemente desgraciada por su rostro. “No lo podía soportar”, dice arreglándose por enésima vez su foulard turquesa. “Pero una amiga en Mallorca había visto un cirujano que hacía liftings que no parecían liftings, en San Francisco. Así que fui a verlo y el resultado me gustó”. Nunca […]

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Hace veinte años Erica Jong se sintió brevemente desgraciada por su rostro. “No lo podía soportar”, dice arreglándose por enésima vez su foulard turquesa. “Pero una amiga en Mallorca había visto un cirujano que hacía liftings que no parecían liftings, en San Francisco. Así que fui a verlo y el resultado me gustó”. Nunca mintió sobre eso, por el contrario, muchas veces escribió sobre su experiencia e inspiró una buena parte de su nuevo libro, Fear of Dying [Miedo de morir]. Tampoco volvió por más. “No; me siento linda, nadie me daría cuarenta, ¡pero qué importa!”
A los 73, no se ha “tranquilizado”. Hace más de una década que los programas de tevé no la invitan a comentar su novela: “el problema es HD, no quieren mostrar mujeres que parecen abuelas”, dice, y por eso está furiosa.
“No me sorprende. Siempre dije que sólo hemos tenido un tercio de revolución [feminista]. Pero la edad es el último tabú y es un craso error, porque por alguna extraña razón la vida recién comienza. Me siento segura, hago bien mi trabajo. Tengo más imaginación que nunca. Soy independiente, no le temo a nadie. Pero los medios nos tiranizan. Es una orgía consumista. No es verdad que los hombres solo quieren a las escuálidas modelos de Vogue. Incluso los maridos que no cambian a sus leales esposas por una joven modelo se ven hasta un cierto punto atrapados en esta orgía consumista.
Miedo de morir, con su doble problemática, el envejecimiento y la mortalidad, satiriza el hecho de que la vida sexual en edad madura es presa fácil de las grandes corporaciones. “Es vil”, grita Jong iracunda. “¡Esas publicidades! Una bañera junto a la otra. ¿Qué hacen?” (Se refiere a una publicidad de Cialis, la droga que trata la disfunción eréctil. En una bañera un hombre y en la otra una mujer, probablemente la esposa). “No se los puede mostrar haciendo el amor. Eso es Estados Unidos, por un lado un capitalismo rapaz y por otro el puritanismo. Histeria pura que termina con la inevitable advertencia de las contraindicaciones: ‘Con esta droga podría caer al precipicio y matarse… pero no se preocupe, ¡ahora puede tener sexo!’”
La heroína sesentona de su nueva novela está a la caza de sexo ocasional mientras su esposo mucho mayor se recupera de una cirugía de corazón. Pero que no se malentienda: Jong piensa que estamos demasiado fijados en el “eterno pone y saca”. “¡Los hombres están obsesionados con su maldito pene! Sean gays o no, piensan que si no les funciona no sirven. Pero hay millones de maneras de hacer el amor. Puede ser impotente y tener relaciones sexuales maravillosas”.
Jong vive en una torre alta en el Upper East Side de Manhattan, un espacio tal como lo imaginé: podría ser escenario de una película biográfica. Al final de un hall lujosamente alfombrado me recibe una asistente radiante. Cuartos graciosos, vistas panorámicas, arte caro (sobre el sofá que nos sentamos cuelga un móvil de Calder), miles de libros, paredes del cuarto de vestir con motivos eróticos. Su única compañía son dos poodles, Simone (por Beauvoir) y Colette (por El final de Querido, uno de sus libros favoritos).
Cuando en los 60 se hizo famosa, sus ojitos saltones y su nariz le daban un perfil antisexy. Pero son rasgos que combinan bien con su personalidad que, ¿cómo decirlo? tiene un toque de ganadora. Nada de falsa modestia ni la autocompasión de sus colegas británicas. Pese a todo me gusta. Usa el piloto automático, al principio ignora mis preguntas y saca a relucir viejas anécdotas que ya leí mil veces. Una hora después surge la verdadera Jong: divertida, brillante, moderadamente sabia y sumamente concreta, habla tan alegremente del viagra como del Papa.
Miedo de morir suponía una Isadora Wing mayor, la heroína de Miedo de volar que la hizo célebre en 1973, ¡y cómo! “Pero el problema es que no tenía expresión, si no hay expresión no hay libro”. Wing quedó en segundo plano y la nueva heroína, Vanessa Wonderman, es una actriz madura cuyo marido obscenamente rico, Asher, es encantador pero impotente, y tiene 20 años más que ella.
Jong siempre rondó su propia vida en las novelas y esta no es la excepción. Mientras la escribía, su esposo se operaba del corazón, como Asher. La carrera de Vanessa se inspira en su experiencia en Broadway, donde hace años actuó en Los monólogos de la vagina. Varios años atrás, el editor de Miedo de volar le comentó que no se había escrito un best-séller de una mujer de más de 40, así que quiso remediarlo. “Siempre escribí sobre mujeres y para mujeres jóvenes”, dice. “Este es sobre una mujer madura que siente que aún es bella y que aún quiere amor y sexo”. Vanessa se dedica a su hija Glinda, que como Molly, su hija, es una ex drogadicta. Cuando Glinda y Vanessa viajan juntas al centro de rehabilitación parece copia fiel de la vida real. “Si, pero nunca lo habría escrito si ella no lo hubiese hecho primero”, dice. (Molly es escritora).
Pasamos al comedor y mientras comemos hablamos del feminismo pasado y presente. Miedo de volar era, a su manera, un producto de la segunda ola de feminismo, como The Female Eunuch de Germaine Greer, publicado tres años antes. Pero la autora siempre atrajo la ira de las feministas y por cierto nunca fue parte del mundo de los grupos concientizadores ni de las marchas en Washington. “[Las feministas de los 70] querían que me pusiera los pantalones y escribiera propaganda agitadora y lamiera vaginas y dijera que eran mejor que el pene, lo que es absurdo. No ser lesbiana era políticamente incorrecto. Tuve una relación con una mujer, pasajera, y fue muy tonto. Ninguna de nosotras lo disfrutó. Si miro hacia atrás me parece ridículo”.
Le molestaba que la gente la acusara de hacer apología de la procreación, cuando leía bellos poemas sobre amamantar, ahora poco le importa… “he sido feminista toda mi vida. Me paseaba con El segundo sexo [de Simone de Beauvoir] en la secundaria”.
Piensa que las mujeres sufrieron una “pérdida neta” en los 70. “Nos ganamos el derecho a estar eternamente agotadas. En EE.UU. estamos aún en el pasado: no hay guarderías ni permiso por maternidad y se ataca la Planificación Familiar, es increíble”. En lo positivo, hay un “enorme resurgimiento” de feminismo entre las más jóvenes, Hillary Clinton está empezando a dar pasos, y Lena Dunham, creadora de la serie Girls, crece y crece. “Creo que es buena. Lo que más aprecio es la honestidad y ella muestra de manera muy honesta qué pasa con las veinteañeras en búsqueda de una carrera y de una vida sexual”.
A veces es difícil seguirla, pero es imposible no sentirse cálidamente turbada en su presencia: su autocomplacencia, “los escritores nunca están contentos, pero yo sí… soy muy afortunada”, induce no a la envidia pero sí a una rara admiración. Ama su vida, y antes de volar a ver a sus nietos consiente en firmarme una edición de aniversario de Miedo de volar. Con una grafía extravagante, osada se lee: “Valientemente, Erica”.

 

Publicado en la edición impresa del diario Clarín 02 de Enero del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo

 

Tus vínculos

Las edades ideales, un nuevo absurdo para discriminar

12 de julio de 2016

Dibujo de Horacio Cardo Recientemente se celebró el “Día de la toma de conciencia sobre el abuso y maltrato a la vejez”. Es una fecha que nos propone revisar muchas de nuestras creencias acerca de lo que denominamos buen o mal trato hacia las personas mayores, la vejez y el tener “demasiada edad” desde ciertas […]

Horacio CardoDibujo de Horacio Cardo

Recientemente se celebró el “Día de la toma de conciencia sobre el abuso y maltrato a la vejez”. Es una fecha que nos propone revisar muchas de nuestras creencias acerca de lo que denominamos buen o mal trato hacia las personas mayores, la vejez y el tener “demasiada edad” desde ciertas expectativas sociales actuales.

Para muchas personas el tema de la vejez resulta algo lejano. Eso impide considerar que las atribuciones negativas sobre la edad se encuentran presentes en múltiples dimensiones y mucho antes de pasar los 60 o 70 años. Este factor de la discriminación ha sido menos analizado y nos involucra a todos cuando sentimos que tenemos “demasiada edad”. ¿A qué me refiero? A aquellas vivencias o desempeños donde los años se convierten en un obstáculo, ya que se rebasan ciertos márgenes de lo que constituiría una edad ideal. De esta manera las creencias negativas acerca de la vejez se trasladan a cualquier otro punto de la vida convirtiéndolas en una amenaza siempre presente.

Lo sorprendente de este momento histórico es que hemos alcanzado una revolución de la longevidad y se han logrado transformaciones muy positivas en los estilos de vida de las personas mayores, donde la edad ha dejado de ser un criterio demarcatorio y limitante como lo era previamente. Sin embargo, en ciertos ámbitos, las edades ideales se vuelven absurdamente tempranas dejando cada vez más gente con “demasiada edad” para el ejercicio de funciones.

Resulta notoria la emergencia de una creciente exaltación de la juventud a la que se le atribuyen capacidades o recursos especiales, como la creatividad o el entusiasmo. Este relato que se viene construyendo desde hace algunas décadas y se asienta en el denominado “sentido común”, vuelve natural aquello que antes hubiese resultado no tan cierto. Y desconsidera al mismo tiempo otros valores como las diversas formas de aprendizaje, formales o informales, y la elaboración de formas de comprensión que permitan mayores niveles de análisis y desarrollo en muchas áreas, lo que requiere de una multiplicidad de experiencias procesadas en el tiempo.

En mi cabeza anidan comentarios cuasi inverosímiles tales como: “ya cumplí 28 años, no digo más la edad”; un ingeniero con un alto nivel de especialización en una empresa líder que entendía que había perdido la posibilidad de llegar a gerente porque había pasado los 40, o una reconocida política señalando que los mayores de 60 debían retirarse por presumir que todos eran corruptos. Son comentarios que emergen en un contexto real donde las personas más jóvenes han ido incrementando espacios de poder.

No quiero dejar de destacar que para algunas ciencias los descubrimientos suelen ser muy tempranos; que hay jóvenes brillantes que merecen grandes puestos y la intervención de nuevas generaciones puede impulsar miradas novedosas, así como también hay gente grande que no pudo o no supo beneficiarse de la experiencia vivida.

El mundo de los recursos humanos ha dado rienda suelta a la creencia sobre un extraordinario rendimiento de los jóvenes, sin que medien investigaciones que prueben que la productividad de estos supera la de sus mayores; incluso existen hallazgos contradictorios afirmando las capacidades de unos o de otros. Porque quizás la edad no sea el tema central, salvo en actividades donde se juegue un fuerte rendimiento físico, sino otras cuestiones, tales como cambios generacionales o temas muy específicos, que pueden ser resueltos de maneras menos excluyentes. Las creencias prejuiciosas sobre la edad no son menores ya que dejan de lado a tantos otros que, desde cada vez más temprano, van entrando en un congelador de proporciones siberianas.

El mundo de la moda y el diseño personal han mostrado poca creatividad para incluir la diversidad de cuerpos y formas, a punto tal que el mismísimo capitalismo no termina de penetrar con su interés de venta. La publicidad expresa esta tendencia y en una investigación se mostró que las mujeres mayores no se veían reflejadas en las publicidades de cremas anti age donde presentaban muchachas de veintipico, obviamente sin arrugas. Vender imágenes de diversas edades podría ser más inclusivo y seguramente más rentable.

La política nos muestra un proceso similar, con un notorio rejuvenecimiento de los representantes. Una investigación española mostró que si en 1955 la edad de los presidentes del G-8 era de aproximadamente 70, actualmente es de 54. Incluso los políticos más grandes parecen tener que demostrar que tienen salud, fuerza y vitalidad para asegurar la confianza del votante. Y si observamos edades de intendentes y otros altos funcionarios veremos que el descenso es aún más marcado. Estos criterios parten de representaciones sociales de la juventud que la construyen como plena de pasión romántica. Aunque es bueno advertir que cuando los jóvenes acceden a lugares de poder suelen aparecer miradas altamente críticas. El ingreso de la juventud en estas lides es muy positivo, pero -como señalaba Perón- “que haya un cambio generacional no ha de consistir en tirar todos los días un viejo por la ventana”.

El efecto más perjudicial es que gran cantidad de gente perderá rápidamente la perspectiva de progreso, tan cara a nuestra cultura occidental. La brevedad y la velocidad del desarrollo en el tiempo, así como el pronto descarte, pueden devenir en fuentes de insatisfacción y frustración.

Tomar conciencia supone pensar en los adultos mayores, pero también en que los fantasmas que solemos ubicar en la última etapa de la vida pueden devenir en verdaderos monstruos que, sin llegar a los 60, nos vuelvan demasiado grandes para alguna cosa.

Por Ricardo Iacub. Psicólogo, especialista en adultos mayores

 

 

Publicado en la edición impresa del diario Clarín 6 de julio de 2016. Blog de Aníbal P. Revoredo