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Vivir el deporte: explican por qué los espectadores también “juegan”

11 de agosto de 2016

En Río de Janeiro, están presentes 10.500 deportistas para competir en los Juegos Olímpicos, con sus brazadas en el agua, sus saltos, sus corridas a toda velocidad. Más de millón y medio de personas fueron también a la ciudad a mirarlos, y muchos más en el mundo los observan a lo lejos, a través de […]

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En Río de Janeiro, están presentes 10.500 deportistas para competir en los Juegos Olímpicos, con sus brazadas en el agua, sus saltos, sus corridas a toda velocidad. Más de millón y medio de personas fueron también a la ciudad a mirarlos, y muchos más en el mundo los observan a lo lejos, a través de las pantallas de los teléfonos celulares, las tabletas, la computadora o de la televisión. Pueden estar sentados en un sillón o tirados en la cama. Espectadores y deportistas comparten mucho más que la bandera: durante el juego, se activan las mismas áreas cerebrales.

Según le dijo el neurocientífico Daniel Glaser, del King’s College de Londres, en el Reino Unido, a la BBC “cuando vemos transmisiones deportivas, se activan distintas zonas dentro de nuestro cerebro, cada una de ellas con una función diferente. Pero lo que estamos comenzando a descubrir es que la zona cuya principal responsabilidad es hacer que el cuerpo se mueva también se activa cuando estamos viendo deporte”.

Para averiguar esas semejanzas, se pueden utilizar técnicas de imágenes para determinar qué partes del cerebro se activan más o menos en diferentes situaciones. Se activan las mismas zonas cerebrales en los que hacen movimientos y en los que no se mueven en absoluto, pero miran un partido. Dentro del cerebro se produce un “contagio emocional”.

Los espectadores simulan movimientos de los deportistas para poder predecir mejor y, de hecho, ver mejor y anticipar mejor lo que están haciendo. “Se trata de un efecto espejo; de una réplica de ese movimiento. El movimiento físico nos ayuda a experimentar mejor las emociones. A veces, los entrenadores de fútbol, durante el partido, reproducen movimientos de los jugadores cuando, por ejemplo, dan patadas o ejecutan movimientos respiratorios”.

El científico aseguró que hay dos tipos de movimientos. Por un lado, el de la “resiliencia motora”: una persona se inclina hacia adelante o hacia atrás a medida que lo hace el deportista. O también se concentra o se relaja cuando el deportista lo hace”. Aquí se produce una “empatía directa” con el deportista. Pero también hay otros movimientos que son “expresiones directas de emociones”. Alguien se mueve de una forma determinada y esa emoción resuena automáticamente en el espectador”, aseguró Glaser. “Podemos saber, al observarlo, si alguien se está moviendo de una manera feliz o triste”, explicó. A su vez, al ver al deportista, el cerebro genera emociones tristes dentro del espectador, ya sea o no consciente. Glaser lo llama “contagio emocional”.

Consultada por Clarín, Valeria Della Maggiore, investigadora en neurociencias del departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, sostuvo que “la resonancia motora ocurre gracias a asociaciones sensoriomotoras que se formaron a lo largo de nuestra vida entre la acción observada (por ejemplo, la patada de un nadador) y los comandos motores que se ejecutan al realizar esa acción. En nuestro laboratorio, hemos observado que este fenómeno de la resonancia motora es automático y no depende de haber realizado el deporte previamente”.

Y detalló: “Pero más allá de lo motor y de la estrategia del juego, la resonancia motora mediaría la empatía, que es lo que permitiría ponerse en los zapatos tanto del deportista como del espectador que está en el estadio. La lógica sería que una vez que mi cerebro resuena junto con el del deportista, entonces puedo sentir lo que él siente. La sensación de empatía potencia la actividad de la amígdala y otras regiones del sistema límbico provocando lo que Glaser llama contagio emocional, elevando al observador de su lugar pasivo de resonador de la acción, a un rol más activo que lo involucra a pesar de estar del otro lado de la pantalla de TV”.

 

 

 

 

Publicado en la edición impresa del Diario Clarín el 08 de Agosto del 2016 – Blog de Aníbal P. Revoredo